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    LA FAMA ES NUESTRA, LA GLORIA ES SUYA - Dante Gebel

    Si aspiramos a los beneficios de la unción, debemos soportar las molestias de la unción. El salmo 133 menciona aquel versículo casi poético el cual ha sido inspiración de varias canciones: “Es como el buen aceite que, desde la cabeza, que va descendiendo por la barba, por la barba de Aarón, hasta el borde de sus vestiduras”, lo cual significaba que los antiguos sacerdotes debían pasar por lo menos un día y una noche entera totalmente impregnados en aceite, no se trataba de un pastor poniéndote un dedito de aceite en la frente, cuidando de no tocarte el cabello o correrte el rímel de los ojos, según el caso.

    Tenían que empaparse en aceite, y durante el día soportar las altas temperaturas del medio oriente (literalmente se freían!) y durante la noche el efecto refractario hacía que se congelara de frío. Luego recién, podían considerarse ungidos.

    Cuando veo esta historia no puedo evitar pensar que en algún punto hemos subestimado el llamado a servir a Dios. La palabra “unción” se ha bastardeado a tal punto, que el “mas ungido” es quien tiene la página web mas visitada, el evento con mas artistas, la iglesia mas grande, el que tiene mas programas de televisión o el mas excéntrico a la hora de predicar.

    Estamos dispuestos a ver morir nuestro sueños personales en favor que Dios nos use en lo que El crea conveniente? Estamos listos para sacrificar nuestros propios sueños y nuestras esperanzas? El apóstol hizo un balance de su vida personal y llegó a la conclusión que no valía un solo centavo, que su única meta era cumplir la misión encomendada:

    “Sin embargo, considero que mi vida carece de valor para mi mismo, con tal que termine mi carrera y lleve a cabo el servicio que me ha encomendado el Señor Jesús, que es el dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios” (Hechos 20:24)

    Pero aún fue por mas, no solo afirmó que sus sueños personales no tenían valor sino que todo lo que el pudo haber logrado, era comparable a la materia fecal!

    “Es más, todo lo considero pérdida por razón del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por El lo he perdido todo, y lo tengo por estiércol, a fin de ganar a Cristo” (Filipenses 3:8)

    Yo también he cruzado esa delgada línea en varias ocasiones y muchas veces confundí el deseo de hacer algo extraordinario para Dios como mi propia vanidad humana. Agradezco a Dios que El se encargó de hacerme regresar a tiempo en mas de una ocasión, y hasta algunas veces me dejó tropezar solo para que aprendiera la lección; es más, he asimilado que la santidad no es un sitio donde alguien puede arribar algún día, sino que es un trayecto donde se hace camino al andar, por lo que no descarto que en algún momento del resto de mi vida, vuelva a cruzar la línea divisoria, y estoy seguro que el Señor me traerá de regreso como lo ha hecho siempre.

    Dios nos libre de estar lejos de la flojedad de los liberales y el estrechamiento neurótico de los legalistas. Que El nos permita encontrar el saludable equilibrio de una estima sana y la humildad extraordinaria que proviene del Espíritu Santo.

    Es un hecho que El no tiene inconvenientes con que seamos reconocidos, entrañablemente queridos o despiadadamente criticados a causa de quien representamos.

    La fama puede ser nuestra pero la Gloria es suya.

    Y el día que aprendamos a conocer la diferencia, seremos un poco mas sabios y por sobre todas las cosas, nos habremos evitado grandes dolores de cabeza.

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